Cioran escribió una vez: "por qué cualquier cosa antes que nada?"... y yo hace ya mucho que me pregunto lo mismo cuando me pesan los cielos plomizos y las realidades inconclusas.
Hace unas semanas estaba bajo uno de esos cielos, parada en el medio de una ocupación de tierras en la zona norte de Comodoro Rivadavia.
Uno podría decir mucha teoría sobre la toma ilegal de la tierra. Y a partir de ahí hacer diagnósticos, evaluar alternativas, barajar posibilidades, sacar conclusiones, delinear políticas… Uno teoriza mucho y fácil con realidades que no son las propias.
En pos de entender, escucho por qués que me suenan cercanos, con los que me podría identificar sin mayor problema. Pero la posta me la dice una de los okupas: “esto no es lo correcto”. Inmediatamente se pregunta qué lo es cuando las entregas de lotes parecieran estar eternamente digitadas por cercanías y relaciones, por criterios de marginalidad, por cualquier parámetro que no abarca a los -cada vez más- nadies del medio.
La normalidad del trámite indica que esa brecha llena de gente esperará 10 a 15 años para ir subiendo en una lista que muchas veces contemplará otras urgencias.
La realidad del contexto dirá que será más viable económicamente malconstruir una pseudo-casa en el fondo del terreno que compraron nuestros padres cuando la tierra todavía era accesible al trabajador.
El sentimiento que prevalezca será el que demuestra que, sin importar esfuerzos y decencias, el sistema se maneja con códigos ciegos a unos y otras.
Otro cielo plomizo me esperó este fin de semana en Caleta Córdova.
En plena feria de marisqueros auspiciada por el Municipio, un grito rompió la calma y pidió algo básico e inasible en estos tiempos: solidaridad.
Alrededor de ese hombre parado sobre una mesa, reclamando la suspensión de la feria por solidaridad hacia la muerte de su madre, las casi 100 personas presentes vivían un duelo interno totalmente diferente: la pérdida de la ganancia del día y lo que significaba para sus familias, el haber hecho kilómetros para irse con nada, el miedo a que los forcejeos se fueran de las manos, la mezcla entre la pena por ese dolor y la irritación por la situación no planificada.
Pocos de los presentes conocían a la Gaita, marisquera humilde de toda la vida. Fueron los mismos que en voz baja coincidieron en que la feria debió haberse suspendido. Pero a los muchos otros que nunca supieron de su vida de trabajo para sacar adelante a su familia, el pedido de no comprar en gesto solidario con la pérdida se les hizo enorme. Una decisión tan pequeña que hubiera significado tanto…
Pendiente queda el por qué somos rápidos para suspender movidas porque llueve pero no por respeto.
Me pregunto desde ayer la razón y en nombre de qué valor superior solemos quedarnos contentos, abrazados a cualquier cosa.
Cuando la ley se dobla para favorecer amigos, sigue siendo válida como herramienta de orden social?
Cuando el negocio pisotea los valores básicos, sigue teniendo valor el dinero habido?
En qué altares sacrificamos lo que creemos y ante qué dioses?
Acostumbrados a esa cualquier cosa que habilita la posición adelantada todo el tiempo, en los últimos meses se ha ido observando la construcción de un Estado horizontal, paralelo y acéfalo, que no pasa por ninguna de las instituciones del Estado que reconocemos como tal.
Es un hecho: los buenos empezaron a cansarse.
Lo políticamente incorrecto ha copado la parada y se instaura como el nuevo código socio-político de nuestros tiempos. Quizás, todavía, tímidamente y de manera aislada. Quizás sean sólo irrupciones que justificamos como expresiones extremas. Pero está ahí, presente, pasándonos una factura de años de conformismo.
Quién nos puede decir qué es lo correcto?, cantaban Las Pelotas hace unos años.
Me lo preguntaba mientras me llevaban a visitar los lotes ocupados y ayer cuando decidía irme de la feria sin haber comprado nada.
Es que, en el fondo, no puedo evitar sentir una cierta simpatía por estas personas que se plantan y prefieren nada antes que cualquier cosa. Es la misma que me acompaña cuando cubro una marcha de reclamo, cuando veo trabajadores defendiendo lo suyo, cuando escucho una voz que rompe los acuerdos tácitos y los silencios implícitos.
Será que hoy me siento políticamente incorrecta…
Hastiada de los atropellos y del todo vale.
Fastidiada por los ninguneos diarios de los omnipotentes.
Saturada de los discursos de perfección mediática y realidad manipulada.
Conmovida por los que deciden que ha sido suficiente desde un buen lugar y alzan la voz para hacerlo saber a quien corresponda.
Será que esta noche, en la que termino de escribir esta columna, creo más en las revoluciones de uno. Esas que de seguro no cambiarán ningún orden vigente, pero al menos lo incomodarán un poco.
8.11.09
5.11.09
Inseguridad
Yo debato, tú debates, él debate, ella debate, nosotros debatimos, vosotros debatís... ellos mueren todos los días.
20.9.09
Saber luchar
“A veces en la vida hay que saber luchar no sólo sin miedo, sino también sin esperanza”
Sandro Pertini
De todas las columnas escritas en estos años, la que me ha traído devoluciones más conmovedoras ha sido la última.
Todos los que se tomaron un rato para compartir su ánimo, me contaron entre tímidos y confidentes, de luchas y de esperanzas, de encantos y resistencias. Y este mínimo ser, al decir de Neruda, se emocionó frente a la pantalla pensando en qué habría detrás de tanto anhelo por tiempos mejores. Como no puedo especular con el de ustedes, vuelco aquí el mío… y pienso que quizás, una vez más, el milagro exista y coincidamos.
La frase que arranca estas letras me asaltó desde la página de mi agenda esta semana. (Sí, todavía soy de esos bichos raros que se resisten a extinguir el hábito de garabatear planes, gastos, ideas y cumpleaños en un papel.)
Serendipia o nada, vino a caber en estos días en los que al menos algunos comodorenses vimos cómo la puja por el poder puede tener ojos de un monstruo casi olvidado.
Una de las arenas político-mediáticas más entreveradas de los últimos años nos ha dejado en un páramo en el que la realidad más manifiesta ha sido que los jóvenes líderes no han logrado cambiar nada. Ni las formas, ni las arengas, ni los métodos, ni las prácticas.
Perdidos de valores que muchos creíamos patrimonio de la nueva política, los miramos preguntándonos si acaso podremos habernos equivocado tanto.
Ciegos ante las necesidades reales, sordos de razones, mudos de diálogo, no alcanzan a tocar el nervio popular y arrugan narices cuando la carta recibida no ayuda a la jugada.
Y quizás sea un trago aún más amargo saber que no hemos sido muchos los que nos quedamos atónitos ante esta avanzada.
Ante el poder que invoca democracias para instituirse y le resulta despreciable un ciudadano en la calle.
Ante los dirigentes que versean institucionalidad y no dudan al reclamar censuras.
Ante las instituciones que callan u otorgan, al son de un favoritismo monetario tan fugaz como caprichoso y demandante.
Como en toda madeja de interrogantes, tal vez no haya respuestas directas y claras.
Del blanco al negro, todos los grises, y el punto sobre las íes borroneándose con el codo.
A veces es desmoralizante pararse en estos escenarios miopes que no vislumbran un horizonte y prefieren repetir pasos erróneos antes que la aventura de probar los errantes.
Pero no me resigno.
Algo en mi no termina de aceptar que estas sean las reglas del juego, que el tablero no tenga una vuelta más, que las fichas ya estén todas jugadas.
Al son de un redoblante interno al que hoy me obligo sin ganas, propongo que luchemos.
Luchemos sin miedo, sin esperanza, con la frente alta y la vida a cuestas.
Pequeños, tambaleantes, turistas de nuestros logros fugaces, locales de nuestras miserias.
Luchemos hasta que volvamos a creer, a ser valientes.
Luchemos hasta hacernos fuertes, resilientes, aves fénix de nuestros sueños en nuestro pozo de cenizas.
Luchemos hasta inspirar a nuestros líderes que no lideran, a nuestros referentes sin norte, a nuestros modelos imperfectos, efímeros y casi siempre en fuga.
Luchemos hasta avergonzar al que la mira desde el sillón, al que se beneficia sin poner el cuerpo, al que se queja sin entender más que su pena, al que vende su intelecto.
Luchemos hasta la última lágrima, la última garra, el último grito, sabiendo que siempre hay un puente más que nadie ha quemado y nos llevará a salvo hasta la otra orilla.
Luchemos hasta ser conscientes de nuestra fuerza para parir cambios.
Esta es la única manera en la que concibo la no esperanza.
La otra se me hace desoladora y definitivamente triste.
Sandro Pertini
De todas las columnas escritas en estos años, la que me ha traído devoluciones más conmovedoras ha sido la última.
Todos los que se tomaron un rato para compartir su ánimo, me contaron entre tímidos y confidentes, de luchas y de esperanzas, de encantos y resistencias. Y este mínimo ser, al decir de Neruda, se emocionó frente a la pantalla pensando en qué habría detrás de tanto anhelo por tiempos mejores. Como no puedo especular con el de ustedes, vuelco aquí el mío… y pienso que quizás, una vez más, el milagro exista y coincidamos.
La frase que arranca estas letras me asaltó desde la página de mi agenda esta semana. (Sí, todavía soy de esos bichos raros que se resisten a extinguir el hábito de garabatear planes, gastos, ideas y cumpleaños en un papel.)
Serendipia o nada, vino a caber en estos días en los que al menos algunos comodorenses vimos cómo la puja por el poder puede tener ojos de un monstruo casi olvidado.
Una de las arenas político-mediáticas más entreveradas de los últimos años nos ha dejado en un páramo en el que la realidad más manifiesta ha sido que los jóvenes líderes no han logrado cambiar nada. Ni las formas, ni las arengas, ni los métodos, ni las prácticas.
Perdidos de valores que muchos creíamos patrimonio de la nueva política, los miramos preguntándonos si acaso podremos habernos equivocado tanto.
Ciegos ante las necesidades reales, sordos de razones, mudos de diálogo, no alcanzan a tocar el nervio popular y arrugan narices cuando la carta recibida no ayuda a la jugada.
Y quizás sea un trago aún más amargo saber que no hemos sido muchos los que nos quedamos atónitos ante esta avanzada.
Ante el poder que invoca democracias para instituirse y le resulta despreciable un ciudadano en la calle.
Ante los dirigentes que versean institucionalidad y no dudan al reclamar censuras.
Ante las instituciones que callan u otorgan, al son de un favoritismo monetario tan fugaz como caprichoso y demandante.
Como en toda madeja de interrogantes, tal vez no haya respuestas directas y claras.
Del blanco al negro, todos los grises, y el punto sobre las íes borroneándose con el codo.
A veces es desmoralizante pararse en estos escenarios miopes que no vislumbran un horizonte y prefieren repetir pasos erróneos antes que la aventura de probar los errantes.
Pero no me resigno.
Algo en mi no termina de aceptar que estas sean las reglas del juego, que el tablero no tenga una vuelta más, que las fichas ya estén todas jugadas.
Al son de un redoblante interno al que hoy me obligo sin ganas, propongo que luchemos.
Luchemos sin miedo, sin esperanza, con la frente alta y la vida a cuestas.
Pequeños, tambaleantes, turistas de nuestros logros fugaces, locales de nuestras miserias.
Luchemos hasta que volvamos a creer, a ser valientes.
Luchemos hasta hacernos fuertes, resilientes, aves fénix de nuestros sueños en nuestro pozo de cenizas.
Luchemos hasta inspirar a nuestros líderes que no lideran, a nuestros referentes sin norte, a nuestros modelos imperfectos, efímeros y casi siempre en fuga.
Luchemos hasta avergonzar al que la mira desde el sillón, al que se beneficia sin poner el cuerpo, al que se queja sin entender más que su pena, al que vende su intelecto.
Luchemos hasta la última lágrima, la última garra, el último grito, sabiendo que siempre hay un puente más que nadie ha quemado y nos llevará a salvo hasta la otra orilla.
Luchemos hasta ser conscientes de nuestra fuerza para parir cambios.
Esta es la única manera en la que concibo la no esperanza.
La otra se me hace desoladora y definitivamente triste.
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